EL ENIGMA DE LA LAPIDA SEPULCRAL DEL PRINCIPE YUSUF DE BETANZOS

EL ENIGMA DE LA LÁPIDA SEPULCRAL DEL PRINCIPE YUSUF

Los grandes enigmas de la historia: La Atlántida; el Santo Grial; la Sábana Santa, entre otros, han   provocado   especulaciones  de todo tipo, algunas con ribetes de racionalidad y otras rayanas  en la temeridad más osada, con hipótesis  delirantes que han intrigado y a veces obsesionado a multitud de personas, y siguen persiguiéndonos, sin que podamos liberarnos de ellas. Betanzos tiene un enigma en su historia, seguramente imposible de aclarar, pero que a mi entender fue despachado con una simplista teoría: que la lápida sepulcral del príncipe nazarí Yusuf, que apareció bajo en altar mayor de la iglesia de Santa María del Azogue, era una piedra que había llegado como lastre en uno de los navíos que en el siglo XVI,   venían a Betanzos a cargar manzanas, “el pero pardo”, para llevar a Sevilla y utilizarlas en las largas travesías oceánicas para combatir el escorbuto, así lo acepto el cronista oficial Don Francisco Vales Villamarín, cuando describe el retablo de la capilla mayor de  dicha iglesia. (Anuario Brigantino 1951).

Dicha lápida funeraria fue redescubierta  en 1748, al realizar unas obras bajo dicho altar, pasando a ser propiedad del marqués de Bendaña, hasta que a finales del siglo XIX Don Juan Facundo Riaño la donó al museo de la Alhambra granadina, donde se encuentra en la actualidad, seguramente  minimizada y obscurecida por el resto de la monumentalidad del conjunto palaciego, aunque ella encierre de por sí un gran valor histórico arqueológico, altamente destacado por los arabistas que la han estudiado, pero a mi modo de entender su valor enigmático, del porqué la piedra estaba bajo el altar de Santa María del Azogue, es muy superior, por el  misterio que encierra su traslado y ubicación, lo que pudiera ser históricamente muy destacable,  si llegase a esclarecer. Por esta  circunstancia  enigmática,   debía hallarse dicha lápida   en  el  Museos das Mariñas donde podría impactar a los visitantes, por la orla de misterio e intriga que la rodea, objetivo  imposible, pero al menos se debía conseguir que la reproducción que se encuentra en el museo de Castillo de San Antón de A Coruña, que allí pinta poco, sea trasladada a Betanzos, aunque fuera con carácter de depósito, donde cumpliría una función informativa sobre  su valor arqueológico  y  sobre todo el atractivo de su enigma del porqué estaba oculta bajo el altar de Santa María del Azogue.  La inscripción sepulcral del príncipe Yusuf fue publicada en el Boletín oficial de la Real Academia de la Historia, es una traducción del arabista Antonio Almagro Cárdenas en el año 1899, el mejor trabajo realizado sobre el contenido de dicha lápida, y que a continuación reproducimos en facsímil.

Desechada por simplista la hipótesis  de que la lápida vino como lastre, nos lleva a  plantearnos varias incógnitas, que intentaremos descifrar en  lo  que a continuación relatamos, para encajar las piezas del este puzle, fruto del estudio de documentación histórica, en parte, y sobre todo  de nuestra especulación mental.  (1)

Dicha lápida sepulcral, que debió ser tratada en su traslado, por su fragilidad, con gran cuidado, amparándola de golpes  y rasguños que pudieran dañar su integridad, gracias a que fue muy protegida  hoy se encuentra en el Museo de la Alambra en perfecto estado.  Es una pieza de mármol de un metro y siete centímetros de alto, por sesenta y dos  de ancho y un peso aproximado de unos cien kilos. Su colocación debajo del altar mayor de la iglesia de Santa María del Azogue, debería tener como objetivo su  conservación, su ocultación y a su vez  la intención que recibieran las gracias divinas las reales personas que en ella se citan, por el culto religioso que se celebraría sobre ella.

Las preguntas surgen por la lógica de estas consideraciones previas, ¿Habría alguien interesado en traer la lápida, y que en su traslado no sufriera el más mínimo daño?; ¿Por qué se ocultó en un lugar sagrado, próximo al lugar de desembarco, evitando que se conociese su existencia, así como su traslado?; ¿Por qué tanto sigilo?;¿Quién podía tener interés por el epitafio sobre el príncipe Yusuf, que contiene un alto valor genealógico, que va desde Abul Walid Ismael I hasta Abul Hasán, padre de Muley Hacén  hermano de Yusuf?. El perfil de la persona interesada debería ser alguien a quien el histórico linaje varonil, que figura labrado en la piedra, le correspondiese de forma directa y que le hiciese sentirse orgulloso de su ascendencia, pero teniendo que ocultarlo por las circunstancias, llamémoslas políticas, que le rodeaban.    

Dicha persona podía ser el infante Don Juan de Granada, que estuvo en Galicia como Gobernador y Capitán General en dos periodos, el primero desde abril de 1505 hasta  agosto de 1507, y el segundo desde el 29 de Julio de 1530 hasta su muerte acaecida en Santiago el 21 de febrero de 1543. Su perfil encaja con los interrogantes planteados.

 (1) Muchos barcos, durante los siglos XVI y XVII, que regresaban a América con poca carga, solían ser lastrados con piedras para mejorar su  estabilidad  en las  largas  travesías  oceánicas, por su fácil manejo,  al  estar muy  pulidas, utilizaban cantos rodados de rio. La bella ciudad colonial de Trinidad,  al sur de Cuba, sus calles están  empedradas   con dichos cantos, que procedían de la península que llevaban los barcos a su regreso.



Don Juan  de Granada era el menor de los tres hijos del rey de Granada Muley Hacen, su hermano mayor  Bobdil  “el chico”  era hijo de la primera mujer Aisa al-Hurra conocida por Fátima la Horra, el otro hermano el infante Don Fernando y él eran hijos de la segunda mujer Zoraida (Estrella del alba), una cristiana llamada  Isabel de Solís, convertida a la religión musulmana, que fue reina de Granada. Era hija del comendador de Martos y señor del Castillo de la Higuera, Sancho Jiménez de Solís, queda huérfana de madre al nacer, siendo raptada a los diecisiete años y convertida a la religión musulmana, casándose con el rey de Granada, de él queda  viuda en 1485.   Ella y sus hijos, los infantes,  fuero rehenes de los Reyes Católicos,  los convirtieron al cristianismo, siendo apadrinados   por los monarcas."(....)Pusieronle a Çad, el mayor.  Fernando de Granada, por el Rey Católico que fue su padrino, y al menor Nasr, le pusieron  Juan de Granada, respeto del principe don Juan que lo apadrinó. “Dieronles palabra que les darían el estado de Mondexar, que era suyo en las Alpujarras, abiendose conquistado, y a ellos desto se les hiço otras muchas mercedes.(....)".  
Estos infantes  quedaron bajo la tutela real, haciendo sus estudios en Alcalá y Salamanca, disfrutando de magnificas rentas, pero alejados de Granada, política de estado, para impedir que los moriscos granadinos intentasen una revuelta proclamándoles reyes de Granada. Y para legitimar su limpieza de sangre, se justificó con árboles genealógicos en los que los infantes tenían antepasado godos y que recuperaban su antigua fe, lo que resulta sorprendente el intento de manipulación histórica, y que justifica  mas, el ocultamiento que se hizo con la lapida, no  fuera a conocerse la verdad del origen de los citados infantes, pues no convenía a su seguridad física y jurídica.     
Les fijaron su residencia en Valladolid, donde les entregaron propiedades para su morada acompañados de generosos juros, que rentaban miles de maravedíes con carácter hereditario, incluso Fernando recibió de los reyes  el patronato de la capilla mayor del convento de Nuestra Señora del Prado en Valladolid, heredado a su muerte por su hermano, donde ambos  están enterrados. Se les había reconocido su título de infantes, que usaron también sus esposas, teniendo por armas dos granadas sobre campo de azur y un letrero atravesado que dice “LAGALEBLILA” que quiere decir “NO HAY VENCEDOR SINO DIOS”

El mayor Fernando murió joven, en 1512, hizo testamento  el tres de junio de dicho año ante el escribano Gonzalo Zapata. Dejando por heredero de todo sus bienes a su hermano Juan. Su viuda, la infanta  Doña Mencía Sandoval y de la Vega señora de Tordehumos, Villavega, Guardo, Castrillo, Tarilonte, Santa Cruz del Monte, Alvalá, Santillán y otros de las merindades de Baños, Castrejón y la Guzpeña  dejó mucho más rastro histórico que su marido, por su ajetreada vida llena de pleitos matrimoniales que tuvo a causa de sus cuatro casorios, conocida históricamente por el sobrenombre de la “Rica-hembra por ser mujer opulentísima y señora de grandes tierras”. Fue nieta del conde de Castrogeriz, y su otro abuelo  fue Gonzalo Ruiz de la Vega casado con Mencía Téllez de Toledo, éste tuvo una hija ilegítima llamada Leonor de la Vega que heredo dichos señoríos y caso con   Diego de Sandoval y fueron los padres de la dicha Mencía.  Su primer marido, que era primo segundo suyo, fue Pedro González de Mendoza, hijo segundo del marqués de Santillana y duque del Infantado, que no tuvieron sucesión, él muere muy  joven. Las capitulaciones se habían hecho en 1462, antes de tener ella edad para casarse, y fueron consecuencia de un acuerdo, por el cual el Marqués de Santillana renunciaba a los señoríos  que litigaba judicialmente contra la que sería su nuera, disputa que se pacifica con el compromiso matrimonial. Su segundo marido fue Don Bernardino de Quiñones, conde de Luna, del cual se divorció, después de pedir protección al Consejo de Castilla contra su suegro y su marido, por malos tratos de palabra y obra, fue acusada por su cónyuge de adulterio e incesto. El obispo de León Don Iñigo Manrique anulo el matrimonio por consanguinidad, y no tener dispensa el 31 de Agosto de 1485.  El siguiente marido, también primo segundo, Juan Hurtado de Mendoza era el tercer hijo de Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal, arzobispo de Toledo y  primado de Las Españas, que lo había tenido con la vallisoletana  Inés de Tovar, los dos primeros hijos los tuvo con la portuguesa y dama  de la Reina Isabel, segunda mujer de Enrique IV, Mencía de Lemus. “Los lindos pecados del cardenal” en palabras de la reina católica, quien además del papa Inocencio VIII, por bula expedida el 1º de octubre de 1486, autorizó que el cardenal testara a favor de sus hijos, que ya les había conseguido los títulos de marqués de Cañete y el condado de Melito para los dos primeros. “Sin embargo de las grandes virtudes que adornaron a ese ilustre prelado, no pudo librarse de pagar a la naturaleza el precio de la fragilidad en tres hijos que dejó, por quienes se conservó su sangre en las primeras casa de España”(Salazar-biblioteca libro I cap. 8 párrafo 4) Este Juan Hurtado de Mendoza y Tovar, tercer marido de Mencía de la Vega, también consigue el divorcio, casándose de segundas con Ana de Beaumont y Aragón,  que  era hija del condestable de Navarra Luis de Beaumont y Leonor de Aragón, hermana del rey católico Fernando, por ser hija bastarda del rey Juan II y Catalina Álvarez. Tuvo una destacada actuación militar al mando de milicias de los comuneros de Castilla, derrotado en Villalar, huyó a Francia  acogiéndose a la tutela de rey Francisco I, fue de los pocos no incluidos en  el perdón real. Muere en 1523 en Alesandría de Palla (Lombardía), al intentar separar a unos franceses que se estaban peleando. Su hijo Diego, comunero y desterrado, se casó  con madame Manevil, fundó en París el Hotel Mendoza, que los franceses llamaron   Mandosse. Fue el primer “Maitre de Hotel” al servicio del rey Francisco I, y la persona que proclamó  su muerte en 1547. 

Del cuarto marido, el Infante Don Fernando de Granada, poco podemos decir, murió muy joven y al parecer a consecuencia de las desavenencias con su mujer, quien le demandó por malos tratos en 1511, al borde de su muerte, que aconteció, en Burgos al año siguiente. No tuvieron descendencia, y su cuñado pleiteó contra ella por la herencia de su hermano. Doña Mencía muere en Guardo, donde hizo testamento a favor de su sobrino, el duque del Infantado, el 21 de Agosto de 1514 falleciendo al poco tiempo. “Hay en dicha villa una fortaleza terraplena con una torre muy fuerte que llaman del omenage, a la cual están anexas sesenta yugadas de tierras que están a la redonda dellas y un arrenal que está junto a la plaza de la dicha villa, que llaman el arrenal del palacio de la Infanta Mencía de la Vega que cabe cinco cuartas de yugada, de que goza el alcayde de la dicha fortaleza…tiene la dicha villa tres aldeas que llaman Villaesper, Morales  y  Villamestel”. 

No hay duda que la política  de los reyes católicos y de su nieto Carlos fue tener a los infantes alejados  del sur de la península, dándoles cometidos en la zona norte donde, cumplieron sus funciones militares a satisfacción de la corona. El infante Don Juan, nuestro protagonista, fue nombrado  Gobernador y Capitán General de Galicia, además de presidente   de la Real Audiencia, a la que tenía asignado cuatro alcaldes mayores,  desde abril de 1505 a agosto de 1507, su primer periodo y el segundo desde el 29 de Julio de 1530 hasta 28 de Febrero de 1543 en que fallece en Santiago
Además de la protección real que disfrutó el infante Don Juan, también consiguió la confianza del emperador Carlos I, cuando el 7 de febrero de   1518 hace el juramento como rey de Castilla, tenía diez y ocho años, en la iglesia de San Pablo en Valladolid, el infante asiste, por su condición de sangre real, en primera línea de la nobleza, realizando juramento a continuación del monarca, con quien establece una amistosa relación durante las justas que se celebraron por el fausto acontecimiento en la plaza del mercado, y fue su acompañante durante el periodo que el rey estuvo en Valladolid.

Los acontecimientos del levantamiento de los comuneros le atrapa en una situación difícil ya que es nombrado, por los mismos, capitán general del ejército de la villa de Valladolid  el 22 de Agosto de 1520, en el acto celebrado en el convento de la Trinidad, prestando juramento todos los leales “a la comunidad, e al bien procomún de todo el reyno”. No fue muy del agrado del infante tal nombramiento; “pero ¬como dice un manuscrito de la época¬ el infante caballero prudente e que contra su voluntad fue elegido, e lo aceptó por no indignar la plebe contra sí, proveía remitir luego los malhechores a la justicia del Rey”. El 8 de octubre fue destituido al regreso de una junta en Tordesillas. Con otros nobles se refugia en Medina de Rio Seco, poniéndose al lado de las tropas reales, con las que combatió hasta la derrota de los comuneros en Villalar  en 1523.

Siguió disfrutando de su alto estatus hasta que desde Trento (26 de Abril de 1530) el rey Don Carlos recomendó a su mujer la emperatriz Isabel, regente del reino, a la que decía que se debía proveer el cargo de Gobernador de Galicia, por fallecimiento de Don Antonio de la Cueva, al Infante de  Granada “por las calidades que en su persona concurren”.

El 29 de Julio de ese mismo año toma posesión de su cargo, coincidiendo con el arzobispo de Santiago Don Juan Pardo de Tavera, que seguramente condicionó su mandato por el gran poder político que ostentaba dicho prelado, pues era presidente del Consejo de Castilla, de la Real Chancillería de Valladolid y la tercera persona en el mando político del reino, nombrado cardenal por Clemente VII en 1531 y posteriormente Inquisidor General. Protagonista del famoso pleito “Tavera-Fonseca”, en el que reclamó responsabilidades jurídicas y económicas a su antecesor   Alonso de Fonseca y Ulloa. El retrato realizado por el Greco del cardenal Tavera, al que dio un semblante tétrico, que denota un carácter asceta,  duro y dominante. Era muy orgulloso de su origen noble y de su limpieza de sangre, que queda reflejado en las fachadas de los edificios que patrocinó donde figuran sus armas, y el fastuoso mausoleo donde está enterrado en la catedral de Toledo. Su labor en Galicia, para someter a la díscola nobleza, y recuperar los bienes que habían usurpado a la mitra, a los conventos y  órdenes militares, se valió  de eminentes juristas que nombró para los altos cargos de la Real Audiencia ¬según García Oro, las togas prevalecían sobre las armas¬ que dictaron sentencias, que firmaba su presidente el Infante de Granada, y que además hacía cumplir “manu militari”. Tavera confirmó en sus cargos al personal burocrático y cubrió las vacantes con eminentes letrados, a los que dio pautas de comportamiento profesional muy significativas “teniales muy vedado recibir presentes;  ordenándoles que consultasen los negocios graves. No se movía por cualesquier papeles o memoriales secretos, que nunca hizo caso dellos, ni se debe hacer, pues la mayor parte la dan hombres  desalmados, por pasión o por envidia, sino por averiguaciones e informaciones jurídicas hechas con toda verdad y recato”.  Los Sotomayor, los Moscoso, los Ozores, los Bermúdez de Castro, entre otros, fueron obligados a devolver fortalezas, tierras y siervos que habían adquirido con métodos no muy lícitos.    

El infante condicionado por ser converso, con sangre que se consideraba impura, no podía hacer ostentación de su linaje y solamente la protección real le permitía realizar su labor de seguir la política centralista marcada por la corona  del dominio de la díscola nobleza gallega, iniciada por los reyes católicos. Sin embargo en el ámbito más privado él debía sentirse orgulloso, como veremos más adelante, de su origen, cuya genealogía varonil estaba grabada  en la piedra sepulcral de su tío Abul Hachach Yusuf, en la que aparecen su abuelo Abun-Nazar Saad Almostain Bil-Lah; su bisabuelo  Abul Hasan Aly; su tatarabuelo Abul Hachach Yusuf Almostagni Bil-Lah; 4º abuelo Abul Hachach Yusuf El-muayed Bil-Lah; 5º abuelo Abul Walid Ismael; 6º abuelo Farachhc Ben Nazar Alansari Jazrrechi, todos de la noble estirpe de los Beni Nazar y de la descendencia de quien ayudaron al profeta. Y su padre Muley Hacen era el 20º sultán de la dinastía de Abu Nasr Said. No hay duda que él tendría gran interés en proteger  la lápida, pretensión lógica que cualquier persona, en su caso, hubiera intentado hacer  lo mismo. Su ocultación debió estar muy calculada y meditada, pues al ser el infante cristiano converso y  aun que gozaba de la protección real, proveniente de las capitulaciones de Santa Fe, no hay duda que cualquier desvió de su conducta en la ortodoxia católica pudiera traerle consecuencias  de poder caer en las fauces de la inquisición, como les pasaba a gran número de conversos de su etnia. 

Dicha circunstancia provocó el sigilo con que se  ocultó la lápida sepulcral de su tío, y seguramente él seguiría haciendo ostentación de la fe del converso, lo que convendría a su seguridad física y jurídica. El elogio de su estirpe “que ayudó al profeta” no convenía proclamarlo, sino ocultarlo. En su fuero interno, el infante, no podría olvidar lo vivido durante los diez  primeros años de su juventud en la corte nazarí, donde fue educado y adoctrinado en la religión musulmana, y políticamente considerando el mundo cristiano como su enemigo. Su conversión, a una edad tan temprana, pudiera haber incidido de forma totalmente decisiva la aceptación del cristianismo, aunque también pudiese haber una parte de conveniencia, por recomendación materna, por quien demuestra un gran cariño, que le sirvió para adaptarse a la situación impuesta por las circunstancias. Consideramos, que en su madurez mental, él reflexionase sobre sus creencias existenciales y llegase a una conclusión de un sincretismo religioso cristiano- musulmán, mezclado con el orgullo de la procedencia de su sangre real nazarí, que difícilmente podía apartar de sus recuerdos, pues el hombre es esclavo de ellos. La prudencia nos aconseja no seguir especulando sobre la mente de un hombre nacido en 1482, del que estamos muy distantes en el tiempo y de sus circunstancias personales, las que son  muy difíciles de analizar con los ojos de hoy.  

 Cumplió adecuadamente lo marcado por la corona, considerando que el reino de Galicia estaba en situación bélica, sometida al poder real “manu militari” desde los Reyes Católicos,  según se desprende de su decisión de encarcelar a los regidores de Lugo por pagar a un  capitán de una compañía destinada en la ciudad, conflicto que se intentó recurrir al Consejo Real, pero el infante dice: ”que la apelación al Consejo no es pertinente pues como Capitán General y como tal le tornaba mandar que cumplan lo que está mandado porqué en las cosas de guerra no se sufren apelaciones”. Firmó la sentencia,  dictada por los alcaldes mayores, contra Pedro Álvarez de Sotomayor ¬ que había matado a su madre María¬ y contra  su prima Isabel de Reynoso a ser descuartizados por falsificadores, mientras que Sebastián López y Gregorio Xuárez debían ser ahorcados, en cuanto a un tal Simón colaborador en los delitos, deberá perder la mano derecha.(A.G. de Simancas. Leg. 478, folio 73 vto.). Las falsificaciones se habían realizado sobre pergaminos antiguos por un pendolista llamado Fray Francisco de Jadraque, y con falso sello que se había traído de Roma.

No pudo defender la agresión corsaria que sufrió Bayona, por estar la plaza poco fortificada, enviando un memorial al emperador solicitando la mejora de las defensas de las ciudades y villas costeras, así como fondos para los concejos para la realización de obras necesarias para el desarrollo económico de Galicia, consiguiendo el objetivo de la corona.  

Los historiadores gallegos poca información nos dan  de su figura, a pesar del largo periodo de  trece años y tres meses de su último mandato como Capitán General del Reino de Galicia. Solamente en los archivos  históricos existe documentación referente a diversos pleitos de carácter económico, así como  de algunos juros que la corona concedió a los infantes y a sus herederos. Dos de los documentos a los que hemos tenido acceso  son transcendentes para  esta, llamémosle conjetura histórica. Uno, es un poder realizado ante el escribano Alonso de Benavente el dos de enero de 1525 en Valladolid por el infante Don Juan a favor del doctor Hernando de Guevara, este personaje que  había realizado sus estudios en el Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles, en la universidad de Bolonia, donde se doctora. Conocido como El Gran Burócrata, por su labor en el Consejo Real del emperador —hermano del que fue obispo de Mondoñedo fray Antonio de Guevara, famoso literato autor de “Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea”, entre otros—y que ocupó un alto cargo en la Real Audiencia de Granada, en dicho poder le faculta ampliamente para disponer de los bienes que tenía en Andalucía  sin restricción alguna, lo que denota una total confianza del infante con el doctor Guevara. Dichos bienes provenían de la herencia de su madre la reina de Granada, esposa de Muley Hacen, que le había dejado varias casas en Sevilla y otros bienes raíces, también había heredado de su tías Çetti  Onfalfata y Çetti Haxa,  las tahas de Orgiba y del Jubilein. Los infantes tenían derecho, de acuerdo con las capitulaciones de Santa Fe, a las vegas de Granada y al coto de Mondexar, que a pesar de las reclamaciones a la corona nunca les fueron entregados y tampoco a sus sucesores, recibiendo en compensación sustanciosos juros.

El otro documento, es el testamento del infante, fechado en Santiago  el dos de febrero de 1543, otorgado ante el escribano de la Real Audiencia Gonzalo Fariña y testigos, en sus casas de aposento, frente a la fuente de San Miguel, próximo a San Martín Pinario, donde hoy se encuentra el “Museo de las Peregrinaciones”, (archivo general  de Simancas PTR, LEG 31, DOC 38) que dictó pocos días antes de su muerte. Está contenido en 17 folios con esmerada letra y con detalle minuciosos de sus últimas voluntades. El dos de abril de dicho año y a solicitud de su hijo Bernardino fue roto el sello de lacre y abierto ante los oidores doctor Tovar y don Francisco de Castilla y los mismos testigos que firmaron, como tales, en dicho documento, todos vecinos de Santiago, un boticario, un platero, un sastre, entre otros, solamente    uno de los testigos, Pedro Pardo Dandrade es vecino de Betanzos, del que hablaremos más tarde.           

Nombra   como herederos a los hijos que tuvo con su primera mujer Beatriz de Sandoval, que era prima de su cuñada Mencía, e hija de Don Juan de Sandoval,  señor de Ayora, y de Doña Inés de Leiva, que fueron: Juan, casado con Beatriz de Velasco y Mendoza; Bernardino, casado con Cecilia de Mendoza—estos dos primeros fueron nombrados caballeros de orden de Santiago en 1511,  en el archivo del Consejo de Ordenes se conservan los expedientes, que curiosamente adolecen del preceptivo informe de la limpieza de sangre, que el poder real exoneró , pues no convendría el linaje nazarí para unos caballeros de la orden militar de Santiago  —y dos hijas, Magdalena, casada con el nieto del rey de Portugal Juan de Lancaster, maestre de la orden de Avis, e hijo del duque de Aveiro; e Isabel que fue célibe. De su segundo matrimonio con María de Toledo y Monzón, que queda viuda, tuvo a Diego, Pedro, María y Felipa, esta última  póstuma, que también nombra herederos, conjuntamente  con su segunda  mujer, pero condicionada a que no se volviese a casar, pues en dicho caso quedaría desheredada. Sus hijas menores María y Felipa Granada y  Toledo profesaron  en el convento de Santo Domingo el Real de Madrid.

 “El hijo o hija que la infanta pariese por estar preñada, y heredar con los otros mis hijos”. Tiene un recuerdo para su madre Isabel, a quien titula reina, de quien dice que ha heredado las casas de Sevilla. Hace una manda especial para su hija bastarda, que reside en un convento de Orense, dejándole sesenta mil maravedíes para que se depositen  en poder el prior fray Francisco. También libera su esclava, dándole carta de horro. Y ordena que su cuerpo sea sepultado en la capilla mayor del convento de Nuestra Señora del Prado en Valladolid, que los reyes católicos donaron a los infantes, y que fue enterramiento de sus sucesores, en las gradas del Altar Mayor con una reja a la redonda que se trajo de Flandes.

Años más tarde, ya en el reinado de Felipe II, su nieto Juan de Granada y Mendoza, primogénito de su hijo Bernardino, estando de ayudante del Duque de Alburquerque en Milán, los servicios secretos turcos pretendieron utilizarlo en la guerra de la Alpujarras como heredero nazarí para rey de Granada. Para tal fin embarcó para Barcelona, sin permiso del Gobernador, pero al desembarcar fue detenido y torturado por el contraespionaje felipista, cayendo en desgracia con la corona, perdiendo las prerrogativas que gozaba esta rama de la familia. La desconfianza, que fue política de estado, sobre este linaje, iniciada por los reyes católicos se ve justificada en la tercera generación del infante  por este incidente, que no tuvo mayor trascendencia.

Este nieto del Infante, don Juan de Granada y Mendoza, matrimonió con doña Juana de Castilla y Acuña, que no tuvieron sucesión, heredando sus derechos su hermano don Hernando, que estaba casado con doña Ana de Hierro, que tampoco tuvo descendencia, extinguiendose  con los dos hermanos  la dinastía Nazarí en España, que coincidió, en el tiempo, con la expulsión de los moriscos de la península ibérica.    

Los tres personajes, hipotéticamente confabulados en la ocultación de la lápida bajo el altar de Santa María del Azogue, son los eslabones de la cadena: Granada, Betanzos, y Santiago de Compostela, la forman el infante Don Juan, el doctor Hernando de Guevara y el regidor de Betanzos  Pedro Pardo Dandrade. Este último que asiste como testigo al testamento del infante, no está allí por casualidad, su presencia hace pensar en  un alto grado de confianza hacia su persona, y que debería existir una larga relación entre ellos. Poco hemos podido conseguir del semblante de este capitular brigantino, que  por sus apellidos debería ser hidalgo con arraigo en la ciudad, y políticamente destacado. Él pudo haber conseguido que el párroco de Santa María  le permitiese ocultar la lápida, así como que los canteros que hicieron la obra guardasen silencio. Estos objetivos se logran  generalmente por dinero, o por  fidelidad. Sea como fuere, la realidad es que la lápida se ocultó de tal forma que su conservación fue perfecta, y la casualidad de una reforma en el altar provocó su redescubrimiento, y lamentablemente su pérdida para la ciudad de Betanzos, años después. Se non e vero… 

P.S. Voy a incluir unos versos de Gran Cardenal Pedro González de Mendoza, que dedicó a su amada Mencía de Lemus y que son fidedignos  y no especulativos:

                                     Dama, mi muy gran querer
                                     Apocase mi vivir la vida mía, se apoca
                                     en tanto grado me toca, por amar demasiado
                                     esto causa mi querer, que no me puedo valer,
                                     no me aprovecha el servir  que ni tanto grado me toca
                                     mi vivir por ser apoca, ni me aprovecha el cuidado, 
                                      voyme del todo a perder.   









        
José Francisco Saavedra Rodríguez

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